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Queridos hermanos y hermanas:
Cada Cuaresma es una nueva invitación de Dios a volver a lo esencial. No se trata simplemente de “hacer más cosas”, sino de crear espacio interior para que el Señor pueda hablarnos al corazón. Por eso, este tiempo santo puede vivirse como una llamada clara y suave a hacer silencio para volver a escuchar.
Vivimos en un mundo lleno de ruidos: palabras que se superponen, opiniones que nos confunden, mensajes que nos saturan, urgencias que no nos dejan descansar. También nuestro corazón se llena de ruidos: preocupaciones, culpas, miedos, cansancios. En medio de todo eso, la voz de Dios no deja de hablar… pero muchas veces ya no sabemos escucharla.
La Cuaresma es ese tiempo en el que el Señor, con paciencia y ternura, nos dice como por medio del profeta: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2,16). El desierto no es un lugar de castigo, sino de encuentro. Es el espacio donde caen las seguridades falsas y donde vuelve a resonar lo verdaderamente importante.
Hacer silencio no es huir de la vida ni apagar los problemas. Es atreverse a mirarlos con Dios, a la luz de su Palabra. El silencio cuaresmal es un silencio habitado: por la presencia del Señor que espera, por la verdad de lo que somos, por el deseo profundo de volver a empezar.
En el silencio aprendemos a reconocer lo que nos pesa y lo que nos salva. Descubrimos qué voces seguimos, qué caminos estamos recorriendo y hacia dónde se orienta nuestro corazón. Y allí, en lo más hondo, Dios vuelve a pronunciar nuestro nombre.
La oración, el ayuno y la caridad —los gestos propios de este tiempo— no tienen sentido si no nos conducen a este silencio interior. Orar es callar para escuchar. Ayunar es hacer silencio frente a lo que nos domina. Amar al hermano es escuchar su necesidad sin indiferencia ni prisa.
En el Santuario, María nos enseña este camino. El Evangelio la presenta como la mujer que “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Ella sabe del silencio que confía, del silencio que espera, del silencio que permanece aun cuando no se entiende todo. Bajo su mirada materna, aprendemos que el silencio no es vacío, sino disponibilidad.
Por eso, queremos proponer para esta Cuaresma un gesto simple y concreto: regalarnos un momento de silencio ante el Señor. Pasar, aunque sea unos minutos, a saludar a Jesús presente en el Santísimo Sacramento; o encender una vela en casa, poniendo en las manos de Dios aquello que llevamos en el corazón. No hace falta decir muchas palabras. Basta con estar, con dejarse mirar, con escuchar.
Que esta Cuaresma sea para todos, un tiempo para bajar el volumen, para detenernos, para dejar que Dios nos hable al corazón. No tengamos miedo al silencio: allí nos espera el Señor, para sanarnos, perdonarnos y volver a decirnos cuánto nos ama.
Que María, Nuestra Señora de Luján, nos acompañe en este camino cuaresmal, y nos ayude a escuchar con el corazón la voz de su Hijo, que nos conduce a la Pascua.
Con afecto y bendición.
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Buenos Aires (Luján), febrero de 2026.
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Pbro. Lucas García
Rector
Santuario de Nuestra Señora de Luján