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Santuario y Basílica Nuestra Señora de Luján
Evangelio del Buen Samaritano (Lc 10,25-37)
Queridos hermanos y hermanas:
Nos reunimos un año más, en este Santuario de Nuestra Madre de Luján, para celebrar el Te Deum por un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo. Venimos a agradecer, a rezar y también a preguntarnos, delante de Dios y de nuestra Madre, qué patria estamos construyendo y qué patria queremos dejar.
Saludo especialmente a nuestras autoridades presentes: el Sr. Intendente, miembros de su gabinete, integrantes del Honorable Concejo Deliberante, representantes de instituciones y a toda nuestra querida comunidad de Luján.
Celebrar este Te Deum aquí, en Luján, tiene un significado muy especial. Los anales de nuestra historia recuerdan que, pocos días después de la Revolución de Mayo, el Cabildo de Luján recibió la noticia de la conformación de la Primera Junta y dispuso celebrar una misa cantada con Te Deum “para que el vecindario ruegue a Dios por el buen éxito de Nuestra Madre Patria”.
Qué hermosa expresión: “Nuestra Madre Patria”.
Aquellos hombres y mujeres de mayo no heredaron una patria hecha. La soñaron, la discutieron, la construyeron. No pensaban todos igual. Tenían diferencias, tensiones, distintas miradas sobre el futuro. Pero había algo que los sostenía: sabían que había algo más grande que sus diferencias. Había un sueño común. Había una tierra que construir entre todos.
Y seguramente no les habrá resultado fácil. También ellos habrán tenido desacuerdos, sospechas, temores e incertidumbres. Pero entendieron algo fundamental: una patria no se construye desde la indiferencia ni desde la descalificación permanente. Se construye cuando todavía somos capaces de reconocernos parte de una misma historia y de un mismo destino.
Hoy nosotros también venimos a rezar por el buen destino de nuestra Patria.
Y quizás tenemos que reconocer con humildad que hay algo profundamente herido entre nosotros. No es solamente la economía, aunque preocupa. No son solamente las dificultades cotidianas, aunque pesan. Hay algo más hondo que muchas veces sentimos en el corazón de nuestro pueblo: la confianza se ha debilitado.
Nos cuesta confiar. Desconfiamos de las instituciones, de la política, de la justicia, de los dirigentes, de los medios, del vecino que piensa distinto. A veces incluso nos cuesta confiar entre nosotros. Y cuando la confianza se rompe, algo del alma de un pueblo empieza a resquebrajarse.
Porque una patria no se sostiene solamente con leyes, ni con programas, ni con proyectos económicos. Una patria se sostiene también sobre vínculos, sobre la palabra dada, sobre la posibilidad de encontrarnos, de escucharnos, de respetarnos. Y en este contexto, el Evangelio que acabamos de escuchar viene a iluminarnos de un modo muy concreto.
Jesús cuenta la parábola del Buen Samaritano.
Un hombre herido queda tirado al borde del camino. Algunos pasan y siguen de largo. Tal vez tenían apuro. Tal vez tenían miedo. Tal vez pensaron: “No me corresponde”. El sacerdote pasa. El levita también.
Pero aparece un samaritano —alguien que, además, pertenecía a un pueblo despreciado— y hace algo simple y profundamente revolucionario: se detiene. Lo ve. Se acerca. No pregunta primero de qué partido es, de dónde viene o qué piensa. No se fija si merece ayuda. No calcula el costo político ni el beneficio personal. Primero reconoce a un hermano herido. Y ahí empieza todo. Quizás una de las grandes preguntas para nuestra patria hoy sea esta: ¿hemos dejado de mirarnos como hermanos?
La Palabra de Dios nos recuerda que esta no es una pregunta nueva. Está en el corazón mismo de la historia humana. Después del doloroso fratricidio de Caín y Abel, Dios le pregunta a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”
Es una pregunta que atraviesa los siglos y llega también a nosotros, a nuestra patria, a este presente que compartimos. ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué hacemos con el que piensa distinto? ¿Qué hacemos con el que quedó herido al borde del camino? ¿Qué hacemos con el que sufre, con el que perdió el trabajo, con el que se siente descartado, con el que vive con miedo o desesperanza? Porque una sociedad empieza a quebrarse cuando dejamos de sentirnos responsables unos de otros. Y cuando dejamos de reconocernos mutuamente, el otro se vuelve amenaza, obstáculo, rival o enemigo. Entonces aparecen las palabras que lastiman, los desprecios, las descalificaciones, las agresiones que parecen haberse vuelto normales.
Nos acostumbramos demasiado rápido a una convivencia áspera. Y eso nos empobrece como pueblo.
Por eso me animaría a decir, con sencillez, pero también con convicción, que uno de los desafíos más urgentes de la Argentina de hoy es reconstruir la confianza.
¿Y por dónde empezar? Tal vez por algo tan simple y tan olvidado como el respeto. Porque las grandes cosas de la vida suelen ser muy sencillas. Y a veces, en medio de discusiones complejas, olvidamos lo esencial.
Un saludo respetuoso. Una palabra cuidada. La capacidad de escuchar. El esfuerzo por comprender antes de juzgar. El reconocimiento de la dignidad del otro. Son gestos simples, pero tienen una enorme fuerza para sanar una convivencia herida.
El respeto no significa pensar igual. El respeto no exige renunciar a las convicciones. El respeto no es uniformidad. Podemos pensar distinto, discutir, debatir apasionadamente —como seguramente lo hicieron también aquellos hombres de mayo—, pero sin destruirnos. El respeto comienza cuando comprendo que el otro tiene dignidad, incluso cuando no comparte mi mirada. El respeto se hace concreto cuando escuchamos antes de juzgar, cuando cuidamos las palabras, cuando dejamos de humillar, cuando elegimos dialogar antes que descalificar.
Y esto vale para todos: para quienes tienen responsabilidades políticas, para las instituciones, para los medios de comunicación, para nuestras familias, para nuestras comunidades, y también para cada uno de nosotros.
Porque todos contribuimos al clima espiritual de una sociedad. Todos. Cada palabra construye o destruye. Cada gesto acerca o aleja. Cada actitud ayuda a sanar o profundiza heridas. La confianza no se decreta. La confianza se reconstruye. Y se reconstruye lentamente, como se reconstruyen las cosas valiosas: con paciencia, con honestidad, con perseverancia, con respeto.
El Buen Samaritano nos enseña justamente eso: una sociedad empieza a sanar cuando alguien decide detenerse y volver a mirar al otro con humanidad. Cuando alguien vuelve a decir: “Tu dolor me importa.”
Cuando dejamos de pasar de largo. Cuando dejamos de vivir encerrados en nuestras propias certezas.
Cuando aprendemos nuevamente a encontrarnos. Y yo creo profundamente que nuestro pueblo argentino tiene todavía esa reserva de humanidad.
La vemos tantas veces: en quienes ayudan silenciosamente, en los vecinos solidarios, en quienes sirven sin buscar reconocimiento, en las familias que siguen luchando, en los jóvenes que todavía quieren comprometerse, en tantos hombres y mujeres de bien que siguen apostando al país aun en medio de las dificultades.
Hay heridas, sí. Hay cansancio, también. Pero no hemos perdido la capacidad de empezar de nuevo. Y por eso estamos hoy aquí: porque creemos que Dios sigue caminando con nuestra historia. Y porque en Luján aprendimos algo muy profundo: cuando el pueblo argentino atraviesa momentos difíciles, vuelve a la casa de la Madre. Aquí venimos con nuestras preocupaciones, nuestras divisiones, nuestros sueños y esperanzas.
Y una Madre nunca ama a sus hijos por partes. Una madre reúne. Una madre enseña a reencontrarse. Una madre ayuda a mirar más lejos. Por eso hoy le pedimos a la Virgen de Luján que cuide a nuestra Patria.
Que acompañe a quienes tienen responsabilidades de gobierno. Que fortalezca a nuestras familias. Que sostenga a quienes están cansados o han perdido la esperanza. Que nos enseñe nuevamente el valor del respeto. Y que nos ayude a reconstruir la confianza, para que podamos volver a mirarnos no como adversarios irreconciliables, sino como hermanos llamados a construir juntos una patria más humana, más fraterna y más digna. Y que, como aquellos hombres y mujeres de mayo, también nosotros tengamos la valentía de pensar no solamente en nuestros intereses, sino en el bien de todos.
Que María de Luján, Madre del Pueblo Argentino, no nos suelte de la mano. Y que Jesús, el Buen Samaritano de nuestra historia, nos enseñe a detenernos, a mirarnos y a cuidarnos mutuamente.
Amén.
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