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En la solemnidad de este Sagrado Triduo la Iglesia nos invita a entrar en el Misterio Pascual; Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. El Jueves Santo, primer día con que comienza el Triduo, Cristo, reuniendo a los suyos en la intimidad del cenáculo, anticipa el don total de sí mismo. No se trata solo de un gesto, sino de una entrega total por amor que nos ha salvado.
Es el día en que la mesa de la cena se transforma en Altar del sacrificio instituyéndose la Eucaristía. La Eucaristía no es un simple recuerdo, sino presencia viva sacramental del Señor. Rezamos con sus palabras y su voz “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19). En cada pan partido y cada gota de vino, se actualiza el sacrificio que redime al mundo, volvemos a tomar de la gracia de su entrega. Cristo se queda, se ofrece, se hace alimento para el alma cansada y sedienta de sentido, sedienta de Dios.
El amor verdadero siempre se traduce en servicio y el gesto del lavatorio de los pies rompe nuestras categorías humanas “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Jn 13,14). No es solo una actitud de Cristo para con sus discípulos sino una invitación a todo aquel que quiere seguirlo, seguimos al Señor amándolo con todo nuestro corazón y por eso nos transformamos en servidores de nuestros hermanos. En esta humildad se revela la grandeza del poder de Dios, que no vino a ser servido sino a servir.
En este día nos alegramos por el regalo del sacerdocio, don inmenso para la Iglesia. Como expresó San Juan Pablo II «los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu».
Estas palabras nos invitan a valorar y rezar por quienes han sido llamados a prolongar sacramentalmente la presencia de Cristo en la historia, ser puentes para que como familia de Dios podamos seguir ofrendando nuestra vida a Él y recibiendo del Señor las gracias que quiere derramar sobre su Iglesia.
Jueves Santo es, por tanto, una llamada. Una invitación a vivir la fe no como costumbre, sino como entrega. A dejarnos transformar por el amor que se hace servicio, por la presencia que se hace comunión. Es el comienzo de un camino que pasa por la cruz, pero que ya anuncia la esperanza.
Que esta noche santa despierte en nosotros un corazón nuevo, capaz de amar sin reservas, como Él nos ha amado “Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado” (Jn 13,34).
Buenos Aires (Luján), 1 de abril de 2026
Miércoles Santo