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Ayer, Viernes Santo, recordamos el camino que Jesús recorrió desde que fue condenado a muerte hasta que murió en la cruz. No celebramos la Misa, sino que realizamos la “acción litúrgica de la Pasión del Señor”, en la que lo adoramos en la Santa Cruz y acompañamos a María en sus dolores al ver sufrir y morir a su Hijo. También rezamos o representamos el Vía Crucis, que suele convocar a muchas personas, atraídas por el Dios que asumió nuestros dolores y nuestras cruces, y hasta murió por nosotros. En esta oración, luego de que Jesús muere en la cruz, en las últimas dos estaciones, lo descienden y lo ponen en brazos de su Madre (decimotercera), y luego es sepultado (decimocuarta). Y así concluye.
No obstante, sabemos que todo no termina ahí. Pero, precisamente porque conocemos el final, muchas veces nos salteamos lo que se nos propone vivir antes de llegar a la Vigilia Pascual. “Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, en la oración y el ayuno, meditando su pasión y su muerte, así como su descenso al lugar de los muertos en la espera de su resurrección”. Así como ayer contemplamos y adoramos a Jesús muerto en la cruz, hoy se nos invita al silencio y a la oración para contemplarlo en el sepulcro.
El Sábado Santo es, quizás, el día más desconcertante de todo el año litúrgico. Es un día sin gestos solemnes, sin celebraciones eucarísticas, sin palabras abundantes. Un día marcado por la ausencia. El Señor ha muerto y su cuerpo reposa en el sepulcro. Los discípulos están dispersos, confundidos, heridos. Todo parece haber terminado. Y, sin embargo, la Iglesia nos invita a quedarnos ahí, a no huir de ese aparente vacío, a no apresurarnos hacia el final sin antes atravesar el misterio del silencio.
Permanecer junto al sepulcro implica aprender a acompañar incluso cuando no entendemos, haciendo lugar al dolor, a la incertidumbre y a las preguntas que no tienen respuesta inmediata. Es reconocer que en nuestra propia vida también hay “sábados santos”: momentos en los que Dios parece callar, en los que las promesas quedan en suspenso y la esperanza se vuelve tenue. Este “permanecer”, sin embargo, es una de las disposiciones espirituales más difíciles de cultivar en una cultura marcada por la inmediatez, donde buscamos respuestas rápidas y evitamos el vacío. El Sábado Santo nos enfrenta a esa “soledad habitada”, un tiempo que no está vacío, sino lleno de una presencia latente. Por eso, al detenernos frente al sepulcro, la Iglesia nos enseña a no huir del dolor ni de la incertidumbre, sino a permanecer confiando, velando y esperando.
Para los peregrinos que llegan a la Basílica de Luján, este día resuena de un modo especial. Muchos traen consigo sus propios sepulcros: proyectos que murieron, seres queridos que ya no están o esperanzas que parecen haber quedado selladas bajo una piedra. Permanecer con Jesús es descubrir que Él no es ajeno a nuestro silencio. En el sepulcro, Cristo santifica nuestras esperas y nuestros tiempos, recordándonos que el tiempo de Dios no siempre coincide con nuestra urgencia, pero siempre es fecundo.
La tradición de la Iglesia nos habla también del descenso de Cristo al lugar de los muertos. No se trata simplemente de un detalle más del Credo, sino de una verdad profundamente consoladora: Jesús no solo murió, sino que descendió hasta lo más hondo de la condición humana. Fue a buscar a todos aquellos que habían vivido antes que Él, abriéndoles las puertas de la vida eterna. Pero también, en un sentido espiritual, desciende a nuestras propias “muertes”, a nuestras oscuridades, a todo aquello que parece perdido o sin salida. No hay lugar tan oscuro donde Él no haya querido entrar. No hay situación tan lejana de Dios que Él no haya abrazado con su presencia.
Este descenso nos revela que incluso en el silencio del sepulcro, Dios está actuando. Aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos, aunque todo parezca detenido, el amor de Dios sigue obrando en lo profundo. El Sábado Santo nos educa en una fe paciente, que no exige signos inmediatos, sino que aprende a esperar contra toda esperanza. Por eso, este día es también una invitación a cultivar el silencio: un silencio lleno de sentido, un silencio que es espera, un silencio habitado por la promesa. En medio de un mundo que nos empuja constantemente a la inmediatez, el Sábado Santo nos enseña el valor de detenernos, de permanecer y de confiar en los tiempos de Dios.
En este día, la figura de María Santísima cobra un protagonismo silencioso pero fundamental. Ella es la “Mujer del Sábado”. Mientras los discípulos están dispersos y asustados, María permanece firme, sosteniendo la fe cuando todo parece oscurecerse. Su corazón, que recibió el cuerpo inerte de su Hijo en la decimotercera estación del Vía Crucis, se convierte ahora en refugio de la esperanza de la Iglesia.
Acompañar a María en este día es aprender a mirar con sus ojos. Ella no ve solo una tumba: espera la promesa. En Luján, su casa, nos enseña a vivir este sábado no como una derrota, sino como una vigilia. Nos toma de la mano para que el miedo no nos venza y para que sepamos aguardar el paso de Dios por nuestra vida. Su presencia constante en el Santuario es el recordatorio de que, incluso en el mayor de los silencios, la Madre vela el sueño de sus hijos y los prepara para la alegría que no tiene fin.
Finalmente, el Sábado Santo nos educa en la esperanza activa. No es un día de simple transición, sino un tiempo lleno de profundidad espiritual. Es el umbral entre la muerte y la vida, entre el dolor y la alegría, entre la promesa y su cumplimiento. Permanecer junto al sepulcro es, en definitiva, aprender a esperar con Dios. Y esta no es una espera pasiva o resignada, sino una preparación del corazón para el fuego nuevo. A medida que cae la tarde, el silencio del sepulcro comienza a vibrar con la inminencia de la vida. La Iglesia se prepara para la “Noche Santa”, la noche en que se rompen las cadenas de la muerte.
Por todo esto, te invitamos a que este día no sea simplemente un “intermedio” entre el viernes y el domingo. Dejate empapar por el silencio. Buscá un momento de oración frente a la tumba del Señor, y también frente a la simbólica de tu propia vida, para entregársela a Dios. Él está obrando en lo escondido. Lo que hoy parece muerto, en sus manos está esperando el momento de florecer.
Que la Virgen de Luján nos conceda la gracia de una fe firme para que, habiendo muerto con Cristo, podamos también resucitar con Él en la gloria de la Pascua.
Buenos Aires (Luján), 4 de abril de 2026
Sábado Santo