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«Me acosté consciente de mi nada y me levanté sacerdote para siempre»
Cada 4 de agosto la Iglesia celebra la memoria de San Juan María Vianney, más conocido como el Cura de Ars. Nacido en Francia a fines del siglo XVIII, fue un sacerdote sencillo, de escasa formación académica, pero de una profundidad espiritual extraordinaria. Su vida, humilde y oculta a los ojos del mundo, se transformó en una luminosa referencia para toda la Iglesia. Fue declarado patrono de los sacerdotes y sigue siendo, hoy más que nunca, un modelo espiritual para todos nosotros.
Hay frases que describen un misterio. Así lo expresó San Juan María Vianney al recordar su ordenación sacerdotal: “Me acosté consciente de mi nada y me levanté sacerdote para siempre”.
Con gran sencillez, el Cura de Ars pone en palabras lo que el corazón humano apenas puede balbucear
ante el milagro del sacerdocio. La experiencia de su “nada” no era una falsa humildad. Era el reconocimiento profundo de su pequeñez, de sus límites, de su pobreza espiritual. Cosas que experimentamos todos los sacerdotes. Sin embargo, en esa nada, Dios hizo todo. Lo consagró para un ministerio particular. Lo selló para siempre con un amor que desborda toda la vida.
Ese “para siempre” no es una carga, sino una promesa. Es la fidelidad de Dios obrando en lo oculto, en lo débil, en lo invisible. San Juan María Vianney vivió esa promesa con radicalidad: en la oración silenciosa, en la escucha paciente de miles de confesiones, en el altar donde cada día se ofrecía con Cristo por la salvación del mundo.
Pero tal vez lo más profundo de su testimonio sea que nunca dejó de reconocerse “nada”. Sabía que todo lo verdadero en él venía de Dios. San Pablo lo dirá con otras palabras “llevamos un tesoro en vasijas de barro” (2 Cor. 4,7) somos consciente de la pequeñez, pero experimentamos un amor que nos sobrepasa constantemente sobre todo cuando nos ofrecemos al pueblo de Dios.
En este tiempo, donde tantas veces se espera que el sacerdote “rinda”, “gestione”, “produzca resultados”, la figura del Cura de Ars nos devuelve al centro: el sacerdote es, ante todo, un hombre tocado por la gracia, llamado a hacerse pequeño para que Dios sea grande en él.
Desde el Santuario de Luján, donde cada día los peregrinos buscan consuelo y esperanza, agradecemos a Dios por el don del sacerdocio. Y le pedimos, por intercesión del Cura de Ars, que nos regale un corazón dócil al amor a la misericordia de Dios.
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Buenos Aires (Luján), lunes 4 de agosto de 2025.
Memoria de San Juan María Bautista Vianney, presbítero