.
Hoy quiero compartir con ustedes una historia de vida abierta.
Recuerdo como si fuera hoy, aquel marzo cuaresmal de mis primeros años de sacerdote, en aquellos primeros trabajos en CARITAS parroquial.
Los marzos tienen un marcado tinte cuaresmal, donde se produce la transformación de los colores que dejó el verano. Marzo viene siempre a recordarnos esa necesidad propia de la naturaleza de prepararse siempre para algo nuevo, prepararse para una transformación. Ese típico amarillo. Esos típicos días húmedos, y a veces un poco grises, de marzo que marca el fin de una etapa y de algo nuevo que viene… En esas tardes que acortan los días, dando entender a los que saben contemplar el idioma de Dios, la latencia de un tiempo nuevo, un tiempo de transformación…
Trabajábamos por aquellos días, con un equipo grande de personas. La caridad es el faro iluminado que guía la evangelización en todo tiempo y lugar. Como siempre, las experiencias de comunión en la iglesia fueron para mí, un aprender a compartir la vida como llega, con lo que trae, como viene… Esa manera de compartir y trabajar en ese barrio grande, consistía en ser puentes, mediadores, conectores vinculantes, para que los que menos tienen en lo material, enriquecieran a los que más le falta en lo espiritual. Así, el trabajo cotidiano, se basaba en poder compartir alimentos, ropa, hacer ferias y si la ocasión y las posibilidades lo permitían, acompañar con medicinas, organizar eventos, buscando recursos que ayudaran en toda necesidad humana que pudiéramos acompañar. Tratábamos de ser siempre, una casa y familia grande que cobijaba, con el amor de Dios, los problemas que surgían en la casa chica.
Lo más difícil en aquel barrio, siempre habían sido las inundaciones. Y en aquellas experiencias de dificultad grande, toda la ciudad se juntaba a dar una mano hasta volver a una cierta normalidad cuando bajaban las aguas del río…
Entre tantas personas de distintas edades y situaciones de vida particulares, conocimos a una joven mujer que tenía varios hijos. Ella, comenzó a acercarse con regularidad y nos daba una mano grande en las actividades del día a día y el trabajo de CARITAS. Ella también, por supuesto, se dejaba ayudar porque era ella sola, quien llevaba adelante los destinos de su casa y de sus hijos.
En ese entramado misterioso que tienen los días, una mañana cuaresmal de marzo, en aquel barrio, sonaron fuertes y prolongadamente las sirenas. Primero de las ambulancias, después de los bomberos. En aquella franja grande de casas y manzanas todo se sabía y se comunica rápido. Así nos enteramos muy rápidamente, que aquellas sirenas no respondían a un incendio típico del barrio, cuando empiezan los primeros fríos fuertes del otoño. Esta vez no se trataba de un incendio, o mejor dicho sí, pero un incendio de otro tipo. Aquellas no eran llamas de fuego, sino que se trataba de esas llamas del alma, de las que marcan los días para siempre. De esas que queman por dentro.
Aquella joven mamá, había tenido un accidente en el barrio. En una mañana típica de mandados, iba con dos de sus hijos en una moto pequeña con la cual se movía. En uno de aquellos cruces de calles (¡¡¡que paradoja hablar de cruces en este día!!!) los tres, ella y dos de sus hijos habían tenido un duro accidente contra una camioneta. Ella había sobrevivido. Pero sus dos hijos, no.
Basta vivir intensamente algunos años, en este mundo, para darnos cuenta de que para las experiencias más fuertes que nos atraviesan a los seres humanos, las palabras no suelen alcanzar, para expresar lo que sentimos cuando nos atraviesa el dolor.
La noticia conmocionó a todo el barrio y desde aquellas calles de tierra, como una herida de un cuerpo atravesado, el dolor se extendió a toda la ciudad…
Existe una conexión permanente, profunda y sobrecogedora, entre lo que celebramos en los ritos de nuestra fe y lo que nos sucede en el día a día … Aquel marzo cuaresmal nos invitaba a asistir al calvario de aquella joven madre, aquella joven mujer….
Movilizados por los lazos de amor, que se generan en los vínculos que permite forjar Dios, en la Iglesia, pudimos vivir junto a ella cada paso de su dolor. Como si se tratara de un vía crucis viviente…
La última, y más cruda estación de aquel doloroso camino, fue en el cementerio… Aquella joven mamá, había necesitado recibir medicaciones para poder estar un poco calma y de pie. Aquella tarde de marzo, los árboles lloraban hojas amarillas y creo, que a todos, por más fuertes que quisiéramos mostrarnos, las lágrimas nos rebalsaban el corazón… En ese tenso momento de despedida, el silencio preparaba aquel parto que estoy convencido, sin ser mujer, creo que toda madre espera esquivar…
Mientras la tierra se disponía a abrazar a sus dos hijos para siempre, ella se escapa de los brazos que la contenían y empieza a gritar con voz fuerte y desagarrada: «yo tengo que estar ahí, yo tengo que estar ahí…hijos míos! yo quiero estar ahí, ¡con ustedes! ¡¡¡Yo quiero estar ahí…por favor!!! soy yo la que tiene que estar ahí!!!»
Unos brazos más fuertes que su frágil resistencia, la pudieron contener y sostener en ese crudo instante en el cual se desarmó por completo y rompió a llorar… Aquella tarde, el silencio nos mutiló las palabras y todos nos fuimos retirando de a poco, con esa sensación de frío y de fracaso en el pecho…
Ese día para mí, fue un viernes santo. Igual que hoy…Aquella tarde aprendí que los días santos son días eternos. Días abiertos, como climas y paisajes del alma humana, que empiezan un día, pero que no tienen término. Días que permanecen por siempre abiertos, que sólo Dios sabe y conoce, y que a todos y cada uno de los seres humanos, que pasemos por este mundo, nos va a tocará atravesar… «Quien quiera seguirme, que cargue con su cruz y me siga…»
En aquella joven mamá, pude ver con mis propios ojos, y sentir con mí propio corazón, lo que un día, habíamos estudiado en el seminario, acerca de que Dios es Padre, pero que tiene entrañas de Madre. Aquella tarde, comprendí, de qué manera, el amor y dolor más grande, se funden en un corazón que ama.
Aquella tarde, comprendí que tenemos un Dios que nos ama hasta el despojo. Hasta el olvido de sí mismo. Hasta el punto extremo de ser Él, quien quiere cargar en su propia vida, el peso que nos mata.
Si aquella joven mamá, en el extremo de su dolor amor, gritó con fuerza: «soy yo la que quiere estar ahí!!», pude experimentar, con los años, que era Dios gritando desde adentro de ella: » soy yo quien quiere estar ahí!! quiero dar mí vida, para que ustedes puedan vivir, SOY YO QUIEN QUIERE ESTAR AHÍ, PARA QUE USTEDES VIVAN, ¡¡¡YO TENGO QUE ESTAR AHÍ!!!»
Este día, permanentemente abierto y Santo, es el día de la muerte de Jesús. Este día, es un día, permanentemente abierto, en el cual “todos, todos, todos”, entramos. Este día, es un día, abierto y rasgado, que gesta desde el silencioso fracaso humano, la fuerza divina de la Resurrección…
Ese día, este día, aquel y este Viernes Santo, que es siempre distinto, pero siempre el mismo, permanece por siempre abierto, recibiendo a cada momento, tu vida y la mía, tu Cruz y la mía, tu fracaso y el mío, generando desde el fondo de la oscuridad más densa del pecado y la muerte, un permanente nuevo e invencible amanecer de resurrección. El Viernes Santo, para mí, es esa experiencia del encuentro eterno, entre la rendición humana y la redención de Dios.
Buenos Aires (Luján), 3 de abril de 2026
Viernes Santo
Por el P. Federico Lazarte